La flor de la alegría de la memoria
Un diseño nacido entre una madre y un hijo, una baldosa antigua y un gesto compartido: la historia del logo de Amigas y Amigos del MUME, hecho con la delicadeza que merece la memoria.
Por Fernando Francia
Una tarde, entre los muros silenciosos de una vieja casona que se iba convirtiendo en museo, mi madre, María Esther Francia, caminaba sin apuro por el patio del fondo. El sol caía oblicuo sobre las paredes agrietadas, y el silencio parecía cargado de respeto.
Aunque a su alrededor el ajetreo del caminar y la bulliciosa presencia de decenas de personas auguraban algo nuevo, cargado de historia y memoria. Eran los preparativos para la creación de un espacio nuevo, pero necesario. Allí se detuvo de golpe, sin saber por qué. Frente a ella, casi escondida entre escombros y baldosas sueltas, una pieza cuadrada capturó su atención.
No era especialmente llamativa: los colores algo desteñidos, el trazo simple. Pero tenía algo. Una flor roja, de pétalos redondos y vibrantes, emergía entre líneas curvas, como si se negara a desaparecer. Dibujada a mano, incrustada en el cemento, parecía haber sobrevivido al paso del tiempo.
Era una Alegría. La flor que crece en patios modestos, en macetas de exilio, en las casas de quienes siguen creyendo en la vida aun cuando todo duele. Sacó su celular, le tomó una foto y me la envió, con una consigna clara: había que hacer algo con eso. Porque esa flor podía decir lo que las palabras no alcanzaban.
Ese edificio, el del Museo de la Memoria (MUME), está ubicado en una vieja y señorial quinta ubicada en la Av. de las Instrucciones 1057, en Montevideo. Una construcción de techos altos, largos pasillos, amplios ventanales y patios generosos, de esos que guardan ecos en sus rincones. Fue testigo de un país marcado por la vigilancia, el miedo y los silencios impuestos.
El largo camino que va desde la calle hasta la casa principal parece condensar décadas de historia: los rezagos de un Uruguay aristocrático, las fracturas sociales, las memorias aún sin contar. Convertido hoy en museo, el edificio fue resignificado como espacio para recordar, para nombrar lo innombrado, para sanar lo que aún duele. Y en medio de esa transformación, una flor incrustada en una baldosa —pequeña, roja, resistente— parecía resumirlo todo: la vida que persiste, incluso cuando el relato oficial intenta arrancarla de raíz.
La flor que aparecía en la baldosa —y luego en el logo— era una Alegría. No por casualidad. En los jardines uruguayos, la Alegría es una planta modesta pero persistente: florece a la sombra, crece sin exigencias, y resiste el descuido con una terquedad vital. De pétalos rojos intensos, es una flor que no pasa desapercibida aunque no haga alarde. En tiempos oscuros, ver una Alegría era, a veces, un gesto de esperanza. Siempre estuvo ahí, acompañando.
Recordaba que la vida sigue, que la alegría también puede ser una forma de lucha. Que esa flor quedara grabada en el diseño del museo no fue un accidente: fue una forma de decir que la memoria no tiene por qué ser solo dolor. También puede ser color, persistencia, y luz que nace del subsuelo.
Artista plástica y una de las fundadoras del museo, mi madre me envió la imagen desde Montevideo. Yo vivía entonces en Costa Rica. Me pidió que hiciera algo con eso. Que dijera “Amigas y Amigos del MUME”, claro y visible. No era un encargo profesional. Era un gesto. Un trabajo entre madre e hijo. Un aporte más —otro más— al largo camino de construir memoria.
Conocía bien ese camino. Literalmente. Lo había recorrido en sus brazos, cuando ambos estuvimos presos en 1973. Yo era apenas un bebé. Ella, una activista social comprometida con la sociedad y la gente menos favorecida. Para ella, ser «amiga del MUME» nunca fue una etiqueta: fue una forma de estar. Más que amiga, fue parte de darlo a luz.
La asociación de Amigas y Amigos del MUME nació como un espacio de apoyo y pertenencia, formado por personas comprometidas con la defensa de la memoria, los derechos humanos y la construcción democrática.
No es solo un grupo de respaldo: es una red afectiva y activa que organiza actividades, difunde contenidos, colabora con el museo y mantiene viva la llama de lo que el MUME representa. Desde encuentros culturales hasta proyectos educativos, su tarea es acompañar —como la flor en la baldosa— el crecimiento de un lugar que no solo guarda historia, sino que la impulsa hacia el presente.
El logo que diseñamos juntos no fue un logotipo tradicional. Fue una pequeña pieza de resistencia simbólica. Tomamos la flor de la baldosa como centro visual, y la rodeamos del texto con líneas suaves, sin bordes rígidos, con colores tierra, como si quisiéramos que el trazo también hablara. Nada de picos, nada de violencia, aunque con mayúsculas, como debe ser la memoria. La tipografía, redondeada, amable, fue elegida para alejarse de los lenguajes duros que por tanto tiempo dominaron los espacios institucionales. Queríamos que fuera cálido. Que acompañara la lógica del museo.
La imagen central del logo es más que una flor: es una pequeña escena de memoria en sí misma. Sobre un fondo de textura rugosa y tonos suaves, casi como una pared antigua que guarda rastros del tiempo, se alzaba la Alegría. Su tallo inclinado, sus hojas de líneas ondulantes y su flor roja de cinco pétalos parecían moverse con delicadeza, como si respiraran. A su alrededor, una composición de curvas —unas más claras, otras en terracota— sugería caminos que se entrelazan, cicatrices, memorias que no van en línea recta. El círculo rojo que la abrazaba no la encerraba: la sostenía, la conectaba con el resto.
No había simetría, ni rigidez: todo fluía como un gesto a mano alzada. Mantener el trazo irregular, casi orgánico, fue parte de la decisión: no embellecer la memoria, sino hacerla habitable. Como la flor que persiste entre escombros, el dibujo guardaba una belleza imperfecta, humana. Una invitación visual a entrar en la memoria desde el afecto y no desde el miedo.
Hay algo de lo gastado, de memoria, en la textura de esa baldosa que muestra sus imperfecciones. Ahora que todo es supuestamente perfecto, nítido, limpio, era un llamado de atención hacia lo auténtico. Traté de viabilizar la idea original de mi madre, de ser un vehículo entre ella y la realización final.
El resultado fue un diseño que hoy se ve en camisetas, carteles y materiales de apoyo a las actividades del museo. Pero más que eso: es una marca de afecto. Un gesto visual que dice «estamos acá», sin alzar la voz.
Con el tiempo, el diseño empezó a circular con naturalidad, integrándose a la vida cotidiana del museo. No necesitaba explicación: quienes lo veían lo reconocían como parte del lugar, como un guiño visual que hablaba de cuidado, de presencia, de una memoria tejida también desde lo sensible.
Años después, en una tarde templada de invierno, casi sin proponérnoslo, madre e hijo volvimos a encontrarnos con esa imagen, ya no como creadores, sino como visitantes.
Volvimos juntos al MUME. La vieja quinta seguía allí, firme, rodeada de árboles y silencio atento. Adentro, las salas mostraban las piezas donadas, muchas conseguidas por mi madre. Afuera, en un espacio con toldos y sillas, las voces de niñas y adolescentes contaban lo que había sido crecer entre allanamientos, listas negras, padres presos o desaparecidos, entre otros delitos y torturas. No era fácil escucharlas. Y sin embargo, allí estaban, diciendo lo que durante décadas había quedado en susurros.
Nos miramos en silencio. Sobre una mesa, junto a folletos y cuadernos, estaba impreso el logo que habíamos creado. Pequeño, callado, pero presente. Como si también escuchara. Como si también respondiera. Porque eso es lo que hace una imagen cuando nace de la memoria: permanece, acompaña, se vuelve parte del lugar sin necesidad de imponerse.
Para mi madre, el MUME no fue solo un proyecto cultural. Fue una entrega total. Le tocó recibir donaciones, registrar piezas, asistir a reuniones, representar al museo ante otras instituciones. Había que hacerlo visible. Había que contarle al mundo que Montevideo tenía un museo nuevo, y necesario.
El día de la inauguración, con los nervios a flor de piel y el cansancio de años resumido en una jornada, se acercó al entonces vicepresidente Danilo Astori. Él había sido una figura clave para que el museo contara con respaldo institucional y los fondos necesarios para abrir sus puertas. Ella quiso agradecerle el apoyo, pero no llegó a completar la frase. Astori la interrumpió con firmeza, sin protocolo: «A ustedes gracias. Porque sin ese trabajo constante, hoy no estaríamos inaugurando nada». Fue un reconocimiento sincero, directo, de esos que no buscan lucirse pero que se sienten en el cuerpo.
No hubo cámaras, ni discursos. Solo esa frase. Y el efecto duradero de una verdad dicha con claridad: sin el trabajo cotidiano, silencioso, voluntario, el MUME no existiría. Fue uno de esos momentos que condensan años en segundos. Uno de esos reconocimientos inesperados que no se olvidan.
Con el paso del tiempo, la presencia femenina en los relatos oficiales del pasado reciente fue ganando espacio. Pero durante años, estuvo relegada, invisibilizada. El nombre «Amigas y Amigos del MUME» quiso también hacer ese pequeño ajuste simbólico. Nombrar lo que durante tanto tiempo no se nombró.
Y en ese gesto, el trabajo conjunto entre madre e hijo cobró un sentido más profundo. No solo compartíamos un pasado de encierro y exilio. Compartíamos una vocación: construir memoria desde el arte, desde la comunicación, desde los afectos.
El diseño no nació pensando en una marca. Nació como forma de acompañar una historia, de sumarle un símbolo más a la memoria colectiva.
La flor, entonces, no es solo una decoración rescatada de una baldosa olvidada. Es una forma de recordar que la alegría también fue parte de la lucha. La alegría de estar juntos, de construir algo que permanezca, de decir con firmeza y ternura: seguimos acá.
Fernando Francia es periodista, docente universitario y consultor en comunicación estratégica. Tiene una maestría en comunicación política y es autor de tres libros. Es uruguayo y vive en Costa Rica.



