La memoria trata de llamarnos la atención

La memoria trata de llamarnos la atención
con libros, canciones, figuras,
incluso con humor, nos asegura
que el contacto amistoso
que hoy extrañamos
mañana va a seguir ahí.
Pero la memoria también está exhausta,
vapuleada por el asedio de
mensajes ambivalentes, libros de historia
con capítulos que faltan,
noticias tendenciosas
y escribas autoproclamados.

Fragmento de “La memoria trata de llamarnos la atención”
de Margaret Randall.
Traducción al español por Sandra Toro.

Escribe Adriana Cabrera Esteve.

La escritora, investigadora, fotógrafa y militante feminista Margaret Randall visitó Uruguay en este caluroso verano de 2026. Nacida en la ciudad de Nueva York, vivió en España, México, Cuba, Nicaragua e incluso pasó un tiempo en Vietnam del Norte ya finalizando la guerra. A estos lugares la llevaron su compromiso como activista y académica. Actualmente reside en Albuquerque, Nuevo México, donde continúa su extensa obra poética y brinda lecturas de sus poemas como lo hizo en la Fundación Mario Benedetti el pasado 14 de enero.

Tuve el placer de recibirla en mi casa, junto a su hijo Gregory, con el objetivo de realizar esta entrevista para la Asociación de Amigas y Amigos del Museo de la Memoria. En más o menos una hora recorrimos su obra, sus opiniones, y sus experiencias, que comparto acá.

Debo reconocer que no te conocía tanto como poeta, actividad a la que has dedicado tu vida, sino como periodista. Te leí por primera vez viviendo en Nicaragua y confieso que tu jerarquización del rol de la mujer en la revolución nicaragüense me marcó profundamente. Había algo visionario en darles voz a ellas. 

Escribía también con seudónimo usando el nombre Ana Herrera, en Barricada. Era una mujer que yo admiraba,  feminista y muy avanzada para la época. Había vivido en Chile en una época, yo la conocí en Cuba. Tuvo una hija y cuando la niña tenía meses, ella estaba con ella en brazos, su esposo estaba manejando, chocaron y ella quedó como un vegetal. Vivió bastante más pero sin conocimiento. Fue una tragedia. Entonces en honor a ella usé su nombre para los artículos que eran más bien de tipo cultural.

En tu presentación en la Fundación Mario Benedetti, vos hablabas de que no hacías poesía política y yo recordé un texto de Tomás Eloy Martínez en “La Novela de Perón” en el que él le hace decir a uno de sus  personajes que hay dos morales, la política y la poética, y que esas morales no se juntan. ¿Vos coincidís con esa visión?

No sé si estoy de acuerdo con esas definiciones. Yo creo que existe una poesía política. Muchas veces se tilda a los poetas de ser líricos o poetas pastorales o poetas políticos, como si esas cosas no se pudieran mezclar, como si fueran excluyentes. A mí no me gusta que me digan poeta política. Porque eso quiere decir que es una persona que escribe única y exclusivamente sobre política. No es mi caso. Hay poetas que sí y son poetas políticos pero no es mi caso. Yo escribo del paisaje, del amor, de temas sociales, de la política, de la muerte, de la vida. Escribo de todo, para mí la poesía es la vida misma. Mi poesía trata de encerrar todo eso. Muchas veces, sobre todo hoy en día que vivimos estos tiempos tan dramáticos, tan tremendos. Por supuesto que la política entra a mi poesía todo el tiempo. Pero no la considero poesía política, la considero poesía de la vida. En mi caso, no hablo por los demás poetas. Trato de no caer en clichés, en eslóganes y todo eso. 

Si uno tiene una cabeza política es difícil escribir desde otro lugar.

Para mí no es difícil, es natural. Porque lo que está pasando en mi país y en el mundo influye todo lo que yo siento y vivo. Yo estaba muy feliz cuando me dijo Goyo que me ibas a hacer esta entrevista para el Museo de la Memoria porque una de las cosas que yo siento más importantes es preservar la memoria histórica. Te hablo únicamente de mi país, desde que Trump está en la presidencia, los textos de escuela, las explicaciones en los museos,  todo eso, él lo ha mandado a cambiar. Entonces, ya no se transmite una visión de la esclavitud como una cosa negativa. Los esclavos estaban felices porque vivían sin problemas y tenían la oportunidad de aportar al país, entonces los jóvenes de hoy desde la primaria hasta las universidades públicas están aprendiendo una historia que no es. Que es totalmente opuesta a la verdadera historia. Hay una lista de palabras que ya no se pueden decir, la palabra justicia, la palabra diversidad, la palabra género. No sólo en los libros, tampoco en los artículos científicos. Están preparando cuidadosamente las futuras generaciones para seguir en el fascismo. Por eso instituciones como el Museo de la Memoria son tan importantes. Las valoro profundamente.

Tenés un poema “La memoria trata de llamarnos la atención” en el que decís que la memoria está exhausta. Lo escribiste durante la pandemia. Te iba a preguntar sobre esa afirmación. Porque de alguna manera todo lo que nosotros y nosotras hemos apostado durante medio siglo, como que se va resquebrajando y aparecen las fake news, y los nuevos relatos que vos mencionas y nos hace plantearnos el rol de la memoria ahora.

Sí, por eso es tan importante que los abuelos cuenten las historias a sus hijos y sus hijos a sus nietos. Por suerte en mi familia tenemos una gran tradición de eso. Mis nietos crecieron con sus padres, mis hijos contándoles sobre el mundo antiguo, las culturas precolombinas, etc. Y todo era un cuento y ellos iban absorbiendo la memoria histórica como se respira. 

Cambiando de tema, veo distintas aproximaciones a la literatura. Por ejemplo está la literatura con distinto grado de complejidad. Siempre pongo como ejemplo en Uruguay a Onetti y Benedetti, porque Benedetti hizo una opción por un lenguaje fácilmente decodificable, como que él tiene en cuenta al receptor y escribe para ese receptor, y tenemos otros escritores como Onetti, Levrero, Felisberto Hernández que escriben para un lector más preparado. En el caso de Benedetti era claramente una opción porque si uno lee los artículos que aparecían en Marcha u otros textos, ves que no era que él no pudiera escribir con mayor complejidad. Era una opción.

Es interesante lo que estás diciendo porque yo me identifico con la línea de Benedetti aunque aprecio a Onetti, pero en mi escritura, en mis ensayos, trato de usar un lenguaje accesible. Pero eso no quiere decir que las ideas sean simples. O sea, las ideas de Benedetti eran complejas. El lenguaje sencillo, accesible permite una llegada a esas ideas más complejas.

En tu poesía hay una especie de culto a la brevedad, porque uno lee tus poemas y piensa que esto podría ser un artículo de dos páginas si fuera periodismo, sin embargo en pocas líneas que apelan a lo sensible muchas veces, logras transmitir quizá lo mismo.

Es curioso, porque hay temas que uno quiere abundar y te das cuenta que tienen que ser un poema y hay otros temas que caben mejor en un ensayo o en un cuento corto. Hay de todo. Pero sí yo trato, es lo que intento. Siempre han habido discusiones sobre esos temas, en mi experiencia, esas discusiones tenían lugar en los talleres. Toda la vida he sido partidaria de ir a un taller, ahora que soy mayor tenemos un grupo de poetas mujeres que nos reunimos una vez al mes en la ciudad donde vivo y leemos y discutimos estos temas. Cada uno lleva lo que escribe  y muchas veces corrijo o defiendo lo que escribo. Muchas veces alguien que respetamos me dice algo que me ayuda a repensar y me ayuda mucho.

¿Construcción colectiva o construcción individual? Porque en la producción artística se requiere dejar el ego de lado, tener una cabeza abierta.

Para alguna gente y para otros no. Creo que cada escritor tiene sus debilidades. Yo las tengo. Una de mis debilidades es que muchas veces no sé cuándo el poema se terminó. Me extiendo más allá del final natural del poema. Muchas veces en esas sesiones que hacemos alguien me dice “deja afuera esa última estrofa” o “no añadas nada, quita”. “El poema terminó acá”. Y me ayuda mucho. Porque uno está muy cercana a lo que una hace y muchas veces requiere que una tercera persona, un oyente, te señale algo que tú no ves por estar tan cerca. 

Yo soy de la generación de mujeres que creyó que con el socialismo venía la igualdad de género. Lo que las feministas han señalado muchas veces, cuando las mujeres francesas leían la declaración de los derechos del hombre (en la Revolución Francesa) pensaban que las incluía y después las decapitaron. O sea que a través de la historia la mujer siempre se sintió involucrada pero no siempre su lucha se vio reflejada en los lugares de decisión en el Estado o los partidos. Por eso leer tu libro en Nicaragua, sobre las comandantes, tuvo mucha influencia sobre mí.

Ese fue mi segundo libro sobre la mujer en Nicaragua pero hay un tercer libro que está en español, que se llama “Las hijas de Sandino: una historia abierta”. O sea, el primero lo escribí después del triunfo sandinista del ´79, donde muchas mujeres teníamos esa esperanza de que el socialismo iba a arreglar todo, etc. Doce años después, los sandinistas ya habían perdido las elecciones, y las mujeres sandinistas sintieron por primera vez, al perder, que podían hablar de cosas que no hablaban antes por disciplina partidaria. Al perder el partido pudieron hablar de las luchas internas tremendas en las que siempre perdieron. Mi experiencia en Cuba, también en Nicaragua, es que cada vez que las mujeres llegaron a posiciones de dirección, los hombres que controlaban el partido, las quitaban y ponían mujeres más dóciles, más dispuestas  a seguir la línea del partido y no imponer un enfoque feminista.

¿Y cuándo, en tu vida, te diste cuenta que era necesario construir un pensamiento propio como mujeres?

Bueno, las nicaragüenses me influyeron mucho en ese sentido, Sofía Montenegro que es una gran amiga mía y que admiro profundamente y aparece en el primer libro que mencionaste, tiene textos muy anteriores a otra gente en América Latina, ella escribió un ensayo increíble sobre la Malinche. La mujer mexicana. La Malinche era una mujer pobre que su familia la vendió a Cortés, el conquistador, y tuvo un hijo con un teniente de él. Ella hablaba cinco o seis idiomas. Y era la traductora entre Cortés y Moctezuma. O sea que jugó un papel fundamental en la historia de la Conquista y sin embargo en el folclor mexicano ella es conocida como la mujer que se acostó con el enemigo. Y en México, si tú dices, “tú eres una Malinche” quiere decir que eres una traidora. Cuando era una mujer que con doce años, su familia la vendió, no fue por gusto. Entonces, la verdad de esa historia es impactante, Sofía Montenegro hizo el primer trabajo de campo sobre la Malinche y publicó el primer texto. Ha habido mujeres que siempre se dieron cuenta de esas cosas. Yo entrevisté a Haydée Santamaría para mi primer libro sobre la mujer cubana y en esa primer entrevista en el ´70 o ´71, en aquel momento, Haydée me dijo, “yo no entiendo por qué en nuestro lenguaje se usa “él” para ambos sexos”, “siempre se usa el pronombre masculino” y ella hizo esa pregunta, una década antes de que las mujeres la hiciéramos en EEUU. El socialismo le ha dado mucho a la mujer, en educación, en el trabajo, en los salarios, en el cuidado de los niños, pero creo que el socialismo hasta ahora ha tenido miedo de que la mujer se ponga a nivel del hombre. Y siempre ha habido esa excusa de que estamos frente a un enemigo tremendo, tenemos que estar unidos, y por lo tanto la igualdad puede venir después. 

A mí en Nicaragua me dio la impresión de que incidió la resistencia a la contra. Si uno mirara una curva demográfica, la pirámide seguramente mostraría una muesca del lado masculino, creo.

Conozco bien esa historia porque cuando fui a vivir a Nicaragua a principios de los 80, yo tenía un trabajo esperándome en la Asociación de Mujeres Nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza (AMNLAE). Trabajé varios años con las dirigentes Gloria Carrión y Flor de María Monterrey y eran feministas tremendas y todas fueron reemplazadas. Esas mujeres tenían una hermandad muy grande con las mujeres cubanas y la intención de no dejar que en Nicaragua pasara lo que pasaba en Cuba con la Federación de Mujeres Cubanas  (FMC) que ha sido siempre un apéndice del partido incluso con posiciones muy antifeministas. Tuvieron la intención de no permitir que eso pasara en Nicaragua y fracasaron. 

¿Cómo veías el feminismo entre las militantes del cono sur?

Indudablemente influyeron, sobre todo las chilenas del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Yo estaba en un proyecto con las chilenas refugiadas en Cuba que habían estado en la cárcel en Chile y el propósito de ese proyecto era hacer una serie de entrevistas, me escogieron a mí para hacerlas, a mujeres que habían resistido en la tortura y cómo habían resistido. Se entendía que había métodos que se aplicaban en particular a las mujeres. Y trabajamos un año en eso y aprendí mucho de esas mujeres. Finalmente se decidió no publicar el libro porque decía demasiado. Esas mujeres me influyeron mucho. Tú me preguntaste cuándo fue que me dí cuenta de que con el socialismo no necesariamente venía la igualdad de género, no puedo decir un momento, fue paulatino. Primero pensaba que eso era una aberración y después me iba dando cuenta de que no era así.  En otros campos como el arte, figuras como Elaine de Kooning, una pintora, ya me habían mostrado que se podía ser mujer con agenda propia en otras áreas de la vida. En parte tiene que ver con mi carácter, tal vez, o mi familia de origen, pero una buena parte con mujeres que me mostraron con sus vidas que una mujer puede ser todo. Yo nunca lo dudé y pagué un costo por eso. Pagué un costo con mis hijas, dos de ellas consideraban que yo era mala madre y que no pasé suficiente tiempo con ellas. Afortunadamente, con los años, nos hemos reconciliado en ese sentido. Y hay otro punto también, están esas mujeres individuales que en cualquier área de la vida, artística, científica, pueden ser madre, ser abuela o ser artista. Hay gente que piensa que los logros sociales de la mujer o los negros o los indígenas suceden dentro de las revoluciones y yo no creo eso. En EEUU estábamos hasta hace poco muy avanzados en temas como el aborto, por ejemplo, o la propiedad, el voto, una serie de áreas en un sistema que no pretende ser ni es revolucionario y sin embargo, en cierto modo, ha sido menos difícil luchar por los derechos de la mujeres en un  sistema que no pretende ser justo y no es justo, que en un sistema socialista que pretende ser justo y no lo es. 

Tengo la impresión de que hay algunas reivindicaciones feministas que ahora incluyen el cuidado, que nuestras generaciones no las veían. Nosotras pensábamos que teníamos que militar como ellos, teníamos que dedicar la misma carga horaria, parte de nuestro “deber ser” revolucionario, era ese. Y las nuevas generaciones han incorporado el tema del cuidado. Si hay una reunión, tiene que haber una guardería, un espacio de cuidados.

Pero eso nos lo deben a nosotras. Nosotras luchamos por eso. Las jóvenes feministas, por lo menos en EEUU, me da la impresión de que muchas de ellas piensan que siempre tuvimos el voto, que las guarderías siempre estuvieron. 

Las viejas tenemos que incorporarlo a la memoria, como hace el libro de Ana Laura De Giorgi, “Historia de un amor no correspondido: feminismo e izquierda en los 80”, que retoma a través de una investigación, todo lo que hicieron las mujeres de las generaciones anteriores.

Hay varios feminismos, mi feminismo se enfoca realmente en la cuestión del poder. No es solamente que la mujer tenga que tener el mismo poder que el hombre, sino todos, los blancos, los negros, los indígenas, los homosexuales, las personas con discapacidades, todos los grupos humanos.

Quería preguntarte sobre la Margaret fotógrafa. Hablamos de la poeta, de la investigadora, de la periodista, de la militante feminista. Quisiera hablar sobre qué fue la fotografía para vos, ¿una forma de contribuir, una forma de expresión artística?  ¿Qué lugar ocupa la fotografía?

Primero tengo que decir que ya no me considero fotógrafa porque ya no tomo fotos. Tengo un ligero temblor en la mano y tuve que dejar de hacerlo. Yo llegué a la fotografía en Cuba en el año ´78, me hice aprendiz de un gran fotógrafo cubano, Ramón Martínez Grandal. Para mí creo que tenía varios aspectos. Yo siempre he escrito mi poesía en inglés, cuando aparece en español es traducida, siempre tuve esa dificultad de comunicación directa con la palabra. Y en la fotografía podía expresarme sin esa traba y llegó a ser un género muy importante para mí, como forma de comunicarme, como expresión artística, y llegué a tener una práctica interesante en mis libros de historia oral que incluye “Las hijas de Sandino”, prácticamente en todos mis libros de historia oral. Desarrollé una manera de  hacer la entrevista y tomar las fotos durante la entrevista. Cuando llegaba a mi casa pasaba horas revelando en el cuarto oscuro y las imágenes me influyeron en cómo editar la palabra y viceversa, en cuáles imágenes escoger para el libro. Era una práctica muy simbiótica. Hice muchas fotos de mujeres.  

¿Publicaste libros de fotografías?

No. Hay un libro del ´82 de fotos mías de Nicaragua pero de mala calidad reproductiva. Nunca he tenido lo que se llama realmente un libro de fotos. Todos mis negativos ya están en la Universidad de Nuevo México, en el archivo, donde están también mis libros y otros papeles. Han habido exposiciones. Un curador que vivía en Dinamarca, me hizo una exposición en el año ´88, era curador en un museo de EEUU, con 86 imágenes. Una vez vino a Alburquerque, que es donde yo vivo, por una semana, sólo para ayudarme a seleccionar fotos para un libro. Pero nunca lo he logrado. No tengo un nombre como fotógrafa como para que se arriesgue una editorial.