Hay un legado muy positivo del proceso de memoria, verdad y justicia

Entrevista a Verónica Torras
Por Adriana Cabrera Esteve
12 de setiembre de 2025

Verónica Torras es Vicepresidenta del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Directora de Memoria Abierta-Argentina y Coordinadora de la Red de Sitios Latinoamericanos y del Caribe (RESLAC). Vino a nuestro país con motivo de participar en el Ciclo “40 años de democracia” y exponer en el Coloquio “Democracia hoy: ¿derechos en riesgo? Desafíos y perspectivas.” que tuvo lugar en el Palacio Legislativo el pasado setiembre y fue organizado por nuestra Asociación en coordinación con el Museo de la Memoria.

Aprovechamos su presencia para intercambiar experiencias y hablar de los temas que nos preocupan. Torras es Licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Buenos Aires, con Especialización en Memorias Colectivas, Derechos Humanos y Resistencias de CLACSO.

Verónica Torras

¿Cómo pensás que se vincula la lucha por los derechos humanos del pasado reciente con los derechos emergentes como las causas del feminismo, la diversidad de género, la pobreza?

En Argentina la trayectoria del movimiento de derechos humanos, por lo menos sus organismos históricos, en términos generales, salvo los organismos específicos llamados “afectados” (familiares, madres y abuelas), el CELS, el SERPAJ, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, que son también organizaciones de las históricas, la Liga Argentina por los Derechos Humanos, que preexistía en Argentina desde la década del 30, en realidad del siglo pasado, son organizaciones que han tenido una trayectoria bastante amplia y abierta de derechos humanos. Muchas de estas se crearon efectivamente durante el período de la última dictadura militar argentina o algunas durante los años inmediatamente previos a la última dictadura. Y tuvieron una agenda muy fuerte vinculada a la denuncia y el trabajo por memoria, verdad y justicia en relación con los crímenes de la dictadura, pero al mismo tiempo fueron abriendo también sus agendas de trabajo a temas de derechos económicos, sociales y culturales, a temas vinculados a distintas vertientes. Porque, por ejemplo, el SERPAJ, una organización que existe también en Uruguay, el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MED) y el Llamamiento Judío por los Derechos Humanos ya tenía desde sus orígenes una agenda relacionada a las cuestiones sociales. Al hambre, la pobreza, al fenómeno también de la niñez que vive en la calle.

El CELS históricamente surge como una organización de familiares de detenidos desaparecidos y detenidas desaparecidas de Argentina, pero ya en los años 90 empieza también a abrir su agenda a temas de violencia institucional en democracia. Básicamente cuestiones asociadas sobre todo a violencias policiales, a violencia en barrios populares, a temas de derechos económicos, sociales y culturales, a políticas públicas vinculadas a temas de ingresos, a temas de salud, de salud mental muy inicialmente porque algunas de estas organizaciones ofrecían servicios de contención o de atención en temas de salud mental, algunos se profesionalizaron en eso, por ejemplo, el CELS tuvo muy inicialmente un servicio de salud mental que atendía primero a familiares de víctimas de la dictadura, pero que después también abrió sus puertas a otras problemáticas.

Eso pasó también con abuelas que durante muchos años en Argentina tuvieron una agenda muy vinculada a la recuperación de los nietos apropiados durante la última dictadura, pero en los últimos años todo su aprendizaje y todos los avances en términos científicos que fueron incorporando a la identificación y a la búsqueda de los nietos, la aplicaron también a la posibilidad de ayudar a otras personas que buscaban familiares que inicialmente suponían que eran familiares de detenidos desaparecidos pero que finalmente eran otro tipo de casos. Abuelas en los últimos casos ha atendido muchas situaciones de desvinculaciones familiares relacionadas a otras historias no necesariamente historias de origen represivo. Entonces, yo creo que ha habido una apertura de las agendas de las organizaciones a diferentes agendas vinculadas con problemas que fueron surgiendo a partir de la recuperación de la democracia.

Por otro lado se sostuvo una agenda de lucha por memoria y justicia en relación con los crímenes de la dictadura y por otro lado, específicamente en relación con la memoria de la dictadura. Memoria Abierta es una organización que tiene como mandato trabajar en la memoria de la dictadura específicamente, pero para nosotros también es muy difícil no pensar en estrategias de transmisión intergeneracional y en cómo funciona la práctica de la memoria, que funciona siempre vinculando el pasado con el presente.

A partir de la vinculación del pasado con el presente, porque la memoria funciona desde el presente. Tiene su punto de anclaje en el presente y desde el presente va hacia el pasado, a preguntarse sobre el pasado, a interrogar el pasado, pero siempre se necesita un punto de anclaje con el presente que permita esa vinculación para que eso no quede solamente como un conocimiento histórico, de pura erudición o repetición, sino que eso se articule con algo de la experiencia de quien está haciendo memoria.

Para nosotros este vínculo pasado-presente en relación al trabajo de memoria es orgánico, se hace memoria de esa manera, de otra forma se hacen otras cosas, se hace historia, se hace divulgación, pero no necesariamente memoria. Igual eso es bastante complejo porque no es tan fácil ir encontrando los modos en los que uno puede ir abordando los temas del pasado reciente de manera que puedan articularse a la vida y a los problemas de la vida también. O sea, creo que ese es una especie de marco de trabajo tanto en lo teórico como en lo práctico.

Tanto los movimientos argentinos de derechos humanos como los nuestros, especialmente los familiares, hemos trabajado sobre la idea de construcción del nunca más. Era importante saber la verdad, para recordarla y hacer los juicios como garantías de no repetición. Ahora nos estamos encontrando con que hay una disputa de relatos otra vez, en el caso de ustedes más grave aún porque eligieron un presidente que impulsa esa disputa de relatos. ¿Cómo están pensando la lucha por los derechos humanos en ese contexto?¿Qué cosas hicimos mal? ¿Qué cosas tendríamos que revisar? ¿Qué aprendizajes surgen?

Creo que esta pregunta que me estás haciendo es el gran tema . Yo lo separaría en dos temas.

Uno, creo que una clave es la cuestión de la no repetición. Porque como vos decías durante décadas las organizaciones de familiares pusieron una confianza política en la memoria en el sentido de que el trabajo de memoria, de verdad, de justicia era justamente una clave para no repetir las atrocidades del pasado. Si hubiera algo para revisar, yo no creo que haya sido una confianza política ingenua. Si esa era una confianza política ciega, hubiera habido un problema, pero en realidad uno puede intentar generar condiciones para la no repetición. Ahora, garantizar la no repetición es mucho más difícil. Casi que me atrevería a decir tal vez imposible, en el sentido de que la repetición forma parte también en gran medida de la estructura del propio ser humano. Yo creo que la lucha política sí fue una lucha para generar condiciones para la no repetición o en todo caso para la no repetición de la misma manera.

Esta idea de que se pueda garantizar la no repetición, es una idea tal vez demasiado grande, que nos lleva un poco a sentir una gran frustración. En un momento como este donde incluso en los lugares donde más se avanzó, Argentina como vos decías, y donde supuestamente hicimos todo lo que había que hacer y lo hicimos bien y salió bien y se lograron grados muy altos de conquista en relación con todas las agendas, estamos viendo que de todas maneras no estábamos vacunados contra la repetición. Al mismo tiempo yo creo que tampoco es que todo eso no haya tenido efectos.

En ese punto es en el que me parece importante tratar de separar y ver en qué medida todo eso por lo que se luchó fue teniendo efectos. Yo creo que en el caso de Argentina tuvo algunos efectos muy importantes. Por ejemplo, uno es haber conseguido en un país en el que durante todo el siglo XX tuvimos más golpes militares que gobiernos democráticos y en el que la cultura política estaba absolutamente impregnada de militarismo, igual que en varios otros países de la región, pero en Argentina esto fue particularmente fuerte. Toda esa lucha por memoria, verdad y justicia logró desplazar a las Fuerzas Armadas de la vida política. No volvieron a ser un actor de peso en la vida política argentina y eso yo creo que tiene todo que ver con la lucha por memoria, verdad y justicia.

Sobre todo con justicia porque ahí sí hay un efecto de no repetición en un sentido distinto de como nosotros lo pensábamos, porque ellos no quieren volver. Las Fuerzas Armadas no quieren volver a pasar por una situación de ser repudiados por el conjunto de la sociedad, juzgados, presos, encarcelados, etcétera. Prácticamente, hasta hoy las Fuerzas Armadas, en el caso de Argentina, no han logrado recuperarse como un actor de cierto prestigio en la vida social, ya no la vida política. Entonces, creo que sí ha habido algunos efectos.

Otro efecto es que en Argentina no es indiferente la violencia institucional. Se han generado muchos anticuerpos contra la violencia institucional, no es que no haya violencia institucional, la hay, pero en general hay muchas redes de resistencia a la violencia institucional, a la violencia de las policías, a las represiones en las manifestaciones, hay una cierta cultura política de la defensa de la vida, en el contexto de las manifestaciones o de la vida en los barrios populares. Me parece que eso también es un legado del movimiento de derechos humanos y de toda esta lucha por memoria, verdad y justicia.

Yo tengo la impresión de que la mayor parte de la gente que votó a Milei no lo votó por motivos vinculados con las cuestiones más sórdidas. Además tampoco el tema de la dictadura era un tema de su discurso. Él no hablaba de esos temas, era una persona totalmente fuera del sistema político. Apareció en los medios de comunicación y hablaba de economía. Dijo algunas cosas sobre el tema de la dictadura en la campaña electoral, sobre todo por la elección de su vicepresidenta Victoria Villarroel que sí era una persona ligada orgánicamente a las Fuerzas Armadas y sí tenía una agenda muy clara en ese tema, pero no Milei. No tengo la impresión de que haya sido ese su mayor atractivo para haber conseguido el voto, incluso el voto de los sectores jóvenes.

Su mayor atractivo tuvo que ver con la situación de crisis económica y social que se venía estirando en Argentina los 10 años antes de que él apareciera. Y él apareció como un personaje atractivo para romper con ciertas inercias de cuestiones no resueltas por la democracia, pero sobre todo ligadas a la agenda económica y social.

Hoy cuando uno ve cómo se está organizando una cierta resistencia al gobierno, lo que la gente más le critica es la crueldad, incluso la gente que lo votó y en la última elección de la semana pasada decidió dejar de votarlo, es por la violencia de su discurso. Yo creo que tiene que ver con que no le toleran su violencia verbal, y su crueldad en la política. La forma cómo ejerce la política. Entonces, me parece que hay muchas cosas que son un legado muy positivo del proceso de memoria, verdad y justicia. Y creo que en el caso de Argentina se logró hacer además una transmisión intergeneracional. La mayor parte de las generaciones jóvenes saben qué fue la última dictadura militar y en general no tienen adhesión a la última dictadura, más bien lo contrario. O sea, no es que sea absolutamente lineal, pero sí se lograron algunas políticas, hubo políticas de educación más o menos sostenidas durante dos décadas por lo menos.

Tampoco ha habido reacción de la sociedad frente al desmantelamiento de las instituciones de derechos humanos, pero creo que es porque el desmantelamiento se ha dado en todos los niveles de la vida, se está desarmando la salud, la educación, se desarman las políticas de derechos humanos y algunas de género. O sea, están desarmando todo el Estado. Muchos organismos de derechos humanos están justamente dando todas estas batallas en los diferentes campos, en la salud, en la educación, en las políticas de género, en todo lo que se está desarmando.

Vos me preguntás qué podemos aprender de esto, creo que deberíamos tener una lectura menos lineal de cómo se construyen condiciones para la no repetición. Y no pensar que necesariamente construir condiciones para la no repetición implica que no vuelva a pasar nunca más nada, que pasemos de un momento para otro del horror más tremendo a una sociedad hiperdemocrática porque hicimos una comisión de verdad o porque hicimos unos juicios, o sea, creo que vamos a tener algunas condiciones para dar una discusión respecto de ese horror diferente a las que hubiéramos tenido si no hubiéramos hecho nada con ese horror.

Al mismo tiempo seguramente perviven muchas de las fuerzas, las oscuridades, las pulsiones, digamos, violentas que hicieron posible también ese horror y esa violencia en el pasado, porque eso no desaparece, no se va de una sociedad de un día para el otro. Entonces me parece que es más como generar condiciones para rearticular esas fuerzas en un sentido distinto. Creo que hay momentos, ciclos históricos donde esa rearticulación puede ser un poco más virtuosa, otros momentos en los que aparecen tensiones y hay que ver cómo se convive con esas tensiones. Incluso cuando durante la etapa de los gobiernos kirchneristas pensamos que estábamos haciendo todo lo que supuestamente queríamos y al mismo tiempo, sin darnos cuenta, estábamos generando algunas situaciones que debilitaron, porque también me parece que hay efectos paradójicos.

Por ejemplo, las organizaciones de derechos humanos siempre tuvieron esta idea de que el Estado se tenía que hacer cargo de las políticas de memoria, había que institucionalizarlas, el Estado se tenía que hacer cargo. Bueno, resulta que cuando el Estado se hace cargo, también aparecen otros problemas. Porque cuando las políticas se convierten en institucionales y quien tiene que llevarlas adelante es un gobierno de un determinado partido político, esas políticas muchas veces pasan a ser leídas por la sociedad como políticas partidarias y no como políticas generales y se empieza a generar cierto efecto de retracción en algunos actores políticos, y en algunos sectores sociales, porque el solo hecho de la institucionalización genera cierta desconfianza o cierto rechazo, por ejemplo, en sectores jóvenes, ya que de golpe se convierte en la verdad oficial.

Para nosotros era importante que hubiera un reconocimiento oficial de los crímenes del terrorismo de Estado.

Claro. Queríamos que los reconocieran, nos lo negaban, cuando los reconocen, se convierte en verdad oficial. Nos pasaba mucho hablar con chicos jóvenes que fueron al colegio secundario durante el kirchnerismo, y nos decían, para nosotros esa era como la verdad oficial. Entonces, un poco de desconfianza generaba porque la tendencia es a discutir un poco el acuerdo oficial. Algunos de los divulgadores de las ideas de Milei se educaron durante el kirchnerismo. Fueron al colegio secundario durante el kirchnerismo, recibieron su formación en colegios progresistas y empezaron a discutir la verdad oficial que les transmitían en la escuela.

Pero hay una verdad oficial que también viene de la academia, de las investigaciones concienzudas de historiadores, de periodistas. Nosotros tenemos algunos relatos en la historia como el genocidio a los charrúas en Salsipuedes que fueron cambiando. Durante años dijeron que los habían matado a todos y resulta que habían matado a hombres jóvenes, pero las mujeres, los niños y los viejos siguieron con vida, sin embargo la verdad oficial era que no había indígenas en Uruguay. Pasó mucho tiempo para que se reconociera la existencia de indígenas en nuestro país y fue a partir de investigaciones. El problema quizá sea la impronta partidaria del relato.

Sí, a veces genera efectos que nosotros no prevemos, porque cuando algo se instituye pierde cierta fuerza social. Mientras esta era una lucha en la calle y había que dar esa lucha contra el poder y esa verdad contra el poder tenía una potencia y una fuerza que cuando se institucionaliza, bueno, se canaliza por otro lado. Algo de esa energía social queda un poco como subsumida, perdida.

Creo que son como efectos paradójicos que nosotros teníamos que prever y por otro lado demandábamos que el Estado se hiciera cargo, lo cual estaba bien. Pero que el Estado se haga cargo, no resuelve todos los problemas, también depende de cómo se hace cargo.

Alguno de los chicos allá armaron una organización que se llama “nietos” que son las nietas y nietos de los desaparecidos. Ellos van mucho a los colegios secundarios a hablar y nos decían mucho esto. Cuando iban a la escuela, a los colegios secundarios, ellos también eran estudiantes de secundarios, eran todos pibitos de 15, 16 y 17 cuando armaron la agrupación, iban a charlar a los colegios secundarios y claro, ahí se daban cuenta que en realidad, en lugar de estar peleando contra el poder, estaban yendo a transmitir un relato que era el mismo relato que los chicos recibían como relato oficial. Como que de golpe ellos estaban del lado de la verdad oficial y cuando iban a hablar con los chicos se dan cuenta de que los chicos cuestionaban, se hacían muchas preguntas como se harían muchas preguntas sobre cualquier cosa que les transmite la institución en la que están. Durante muchos años se convirtió efectivamente en el relato que estaba bien transmitir en la escuela y estaba mal transmitir otra cosa. Entonces para nosotros eso sigue siendo una discusión.

Te quería preguntar también sobre el lugar de los sitios en la simbología de la memoria. Nosotros veníamos trabajando en espacios de memoria como el Memorial de los Desaparecidos o el mismo Museo de la Memoria ya hacía unos años, pero cuando se legisló y los vecinos o los sobrevivientes comenzaron a reclamar que se señalice tal o cual lugar en todo el país, quedó a la vista la dimensión territorial de la memoria con una potencia que en lo personal no esperaba. ¿Cómo ven ese proceso desde la RESLAC?

Yo creo que hay una materialidad de esos espacios que es irremplazable en términos de la capacidad o la potencia que tienen para transmitir. Hay algo que pasa estando en esos lugares, que un chico pueda hacer un recorrido por ese lugar y tal vez pueda escuchar en algunos casos a algunas personas que son sobrevivientes del espacio. Capaz que dentro de unos cuantos años más eso no va a ser posible, pero creo que hay una base material, y al mismo tiempo emotiva, sensitiva, que es irreproducible.

Entonces, a mí me parece que es muy interesante que se haya dado ese movimiento en torno de los sitios porque creo que movilizan cuestiones en relación con la memoria que son difíciles de movilizar desde una conversación, no es imposible, pero estar físicamente en esos lugares es otra cosa. De hecho es por eso también que han sido en gran medida la base de la reconstrucción de la memoria del nazismo y del rechazo al nazismo en Europa. En Estados Unidos no hay sitios, hay museos. Lo que tenemos interesante en América Latina es esto de haber logrado tener algunos espacios de memoria en sitios que funcionaron como sitios de represión. Hemos estado hablando justamente de la importancia de transformar y de vincular esos lugares al sistema educativo formal, informal y de intentar que sea obligatorio. Que por lo menos una vez por año los estudiantes, de entre tercer y quinto año del colegio secundario tengan que hacer una visita a algún lugar que tengan más cerca, y a partir de esa visita generar alguna reflexión crítica e investigación, no necesariamente solo asociada al pasado sino de comprender de qué manera impacta en el presente, cómo resuena en el presente. A mí me parece que los sitios tienen una función social muy única.

La RESLAC es una red de sitios de memoria de 13 países de América Latina y el Caribe que contiene sitios estatales que dependen de estados nacionales o de estados subnacionales o de municipios, o sea desde gobiernos de la máxima jurisdicción hasta gobiernos locales pero digamos que dependen en su funcionamiento y en su presupuesto de los estados y muchos que son sitios de memoria comunitarios o sostenidos por asociaciones de familiares, de sobrevivientes, de víctimas, de presos políticos, que son la mayoría.

En América Latina y el Caribe, la mayoría de los espacios de memoria funcionan en lugares que fueron recintos policiales o militares donde ocurrieron hechos represivos, muchas veces son también espacios vinculados a procesos de resistencia o de lucha popular contra la impunidad o contra la represión. Tenemos más de un centenar de espacios de memoria con realidades muy heterogéneas porque son 13 países, en cada país hay situaciones bien distintas. Muy pocos países, solo Argentina y Uruguay, avanzaron con legislaciones específicas que protegen a los sitios de memoria y le han dado alguna institucionalidad pública al trabajo con memoria.

Lo que ha pasado en otros países es que tal vez hay una institución pública nacional de memoria que depende del Estado nacional como el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos en Chile, pero no se ha avanzado en una legislación que proteja al resto de los sitios, que en general son sitios comunitarios, de la sociedad civil, sostenidos por agrupaciones o asociaciones. En la reunión que tuvimos conversamos mucho sobre los retos que tenemos en este momento, que son un montón, son muchos. La red en realidad es una red como asociativa, existe porque hay interés de quienes participamos de ese espacio por un lazo social y político entre nosotros.

¿Cómo funciona?

Se comparten experiencia, algunas actividades temáticas anuales. Ahora vamos a organizar una en octubre que es sobre pedagogías de la memoria, porque hay distintos sitios que están trabajando la cuestión de lo pedagógico. Hubo una exposición itinerante durante un tiempo. Ahora no tenemos exposición itinerante, pero tenemos una planificación de la red que la armamos de manera colectiva y tratamos de sostener actividades que estén vinculadas a esa planificación.

La planificación está muy vinculada al intercambio entre nosotros sobre el trabajo cotidiano que tiene un eje bastante importante que es la incidencia en las políticas públicas, con la idea de intentar avanzar en algunos marcos legislativos en los diferentes países que le den mayor protección y sostenibilidad al trabajo de los sitios de memoria.

También con los órganos regionales e internacionales de derechos humanos, con la Comisión Interamericana, con la ONU, hacemos bastante tarea de denuncia sobre lo que sucede en los países donde hay fuertes regresiones, como está pasando en Argentina ahora, o si hay situaciones de riesgo, sitios que son atacados porque ha habido ataques físicos a trabajadores de los sitios de memoria, toda esta ola, digamos, de derechización, negacionismo, relativismo en los últimos años ha tenido un impacto sobre los sitios.